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Lucho Toledo,tinta sudaka


Aqui les comparto una nota a Lucho Toledo,viajero y escritor del libro Tinta Sudaka en entrevista presenta la reedición de su libro.
NOTA COMPLETA CON FOTOS EN:
http://paraleela.com/gentequehace/nuestramerica/nota


los 17 años se fue de Junín y volvió a los 27. Durante esos 10 años hizo varios viajes que se pueden resumir en uno solo hacia la libertad. El primero fue a Buenos Aires para estudiar Diseño Gráfico, hasta que se encontró que en las clases en vez de hacer dibujos se sentía más libre escribiendo, después de un año y medio abandonó y se metió en Periodismo.

El segundo fue en tren al norte del país por dos meses, como turista y con la plata justa para volver y terminar el último año de la carrera. Ese viaje fue el que hizo ruido y fue disparador de otro mucho más grande, mucho más hacia dentro. Cuando se graduó, junto a un amigo de Chacabuco, salió en tren otra vez hacia el norte. Esta vez llevaba plata como para unos meses, pero a los 20 días se quedó sin un cobre. Habían cruzado a Bolivia. Y “ahí empezó el verdadero viaje, la magia viene cuando te quedás sin plata”, dice. Ese camino se extendió por dos años, durante los cuales curtió la mayor parte del tiempo en la calle en conexión con la gente y con la geografía de Sudamérica. Anduvo por Bolivia, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela y Brasil. Paraleela entrevistó a Luciano Toledo, en vísperas de la segunda edición del libro “Tinta Sudaca”, que estará en la calle para los últimos días de junio. Mil historias, relatos, anécdotas. Los invitamos a subir al Expreso Toledo y hacer un viaje por su vida. No importa cuánto juntan para el pasaje, hay camarotes, clase turista, pullman y también hay lugar en el vagón de las valijas y los cacharros. Arriba que sale el tren.
¿Cuándo fue que se te ocurrió largarte a hacer el viaje que hiciste?

No fue algo que surgió de un día para otro, fue como un proceso. Cuando me fui a Buenos Aires a los 17 a estudiar ya empecé a tener cierta libertad. Cuando estaba en medio de la carrera de periodismo hice un viaje al norte, de vacaciones gasoleras. Fui en tren hasta Tucumán, crucé a Bolivia, de turista, pero con la guita justa para llegar a la Isla del Sol. Ahí en el altiplano vi a muchos pibes que viajaban en otra condición. Viajaban trabajando. Haciendo artesanía, música, o laburando en la calle. Y ahí me llamó la atención esa forma de libertad. En ese momento hubo cierto quiebre. Yo estaba haciendo ese viaje con dos amigos, y uno de ellos, que estudiaba abogacía, al tiempo que volvió largó todo y se puso a militar en el PSTU, combatiendo desde el corazón del proletariado. Ese viaje nos hizo ruido a todos.
¿Con qué tuvo que ver ese quiebre?

El quiebre mío tuvo que ver con la libertad. Con la necesidad de descubrir más de lo que había visto aquella vez, no era una cuestión espiritual, sino de aprendizaje e identidad. Y ahí me dije que cuando me reciba iba a viajar. Solo o con quien sea. Por eso apenas terminé la carrera saqué un pasaje a Tucumán en tren, sabiendo que dejaba atrás cosas importantes, decidí pensar en mí. Conocí a un amigo de Chacabuco que tenía el mismo plan, pero con una búsqueda musical y sobre todo gastronómica, y arrancamos juntos.
¿Imaginaste en ese momento lo que se venía?

No, pensaba andar por ahí algunos meses, que terminaron siendo 2 años. Cuando se movió el tren, esos primeros cuatro o cinco segundos, dije acá ya está, no hay vuelta atrás. Y sospeché que se venía algo grande, pero no imaginaba que me iba a encontrar con el mundo que descubrí y que, aún hoy, me sigue movilizando. No llegué a imaginar ni un 30 por ciento de lo que viví. Por eso no es sorprendente lo que las personas se enriquecen y aprenden viajando.
Periodismo

A los 18 años me di cuenta que escribir era una de las pocas cosas que me entretenían. Mientras estudiaba diseño, en las clases, me hablaban de líneas, curvas y contracurvas y qué se yo… si me la pasaba escribiendo pelotudeces en un cuaderno. Por eso una madrugada estaba pintando un cubo con témpera y rodeado de tantos materiales me cayó la ficha que me estaba aburriendo, y no me iba a aburrir toda la vida.

Entonces busqué algo que esté cerca de la escritura, o que tenga algo que ver, y me metí en periodismo. Que con el tiempo me dio la oportunidad de hacer trabajos tan dispares como ser ayudante de prensa de Julio Cobos o cubrir la campaña y el último triunfo electoral de Hugo Chávez en el 2012 desde Venezuela. Está claro que en la patria bolivariana y rodeado de remeras rojas me sentía más cómodo que en un escritorio del congreso.
¿Con qué viajabas?

Me llevé una mochila con ropa, un grabador, un cuaderno, una guitarra, porque aunque no soy músico me defiendo, y un montón de cosas innecesarias. Mi amigo arrancó con un cajón de percusión, y estábamos armados como para hacer algo de música en la calle. En realidad, estábamos dispuestos a laburar de lo que sea. Llegamos en tren a San Miguel de Tucumán y movimos a Tafí del Valle. Esa noche empezó todo.
¿Ahí sentiste que arrancaba el viaje?

No, un tiempo después. Me había llevado plata como para tres meses, pero a los 20 días, un poco más, me quedé sin un peso. Estábamos en Tupiza, Bolivia. Y ahí arrancó la magia, como se conoce en la jerga del viajero. Estábamos en un hóstel con un amigo de Chacabuco y otro de Comodoro Rivadavia. Y recuerdo que él nos dice: “Vamos a tocar a un restaurante, hay que comer, no queda otra”. Y encaramos los tres. Era la primera tocada, fue en un bodegón sopero, y con un par de canciones de Manu Chao se armaron palmas y baile. Pasamos la gorra y la levantamos llena de monedas. Ese día, cuando salí del restaurante, me dije: “Empezó el verdadero viaje”.
¿Vivían de la música?

La música fue el sustento lineal, casi siempre se mantuvo, pero había ciudades en que no resultaba tan fácil y la rebuscábamos con artesanía, malabares, comidas... De a poco fuimos armando una comunidad viajera, con pibes de Córdoba, Chacabuco, España… Pero la música nos dio la posibilidad de llegar a lugares inesperados, tocamos en bares, restaurantes, boliches, plazas, escuelas, villas, heladerías, barcos y hasta en peluquerías o talleres mecánicos.
Como una gran familia.

Tal cual. Llegamos a viajar en grupo de 20, como una verdadera gran familia. El grupo se armó entre Bolivia y Perú, en Ecuador consolidamos la familia y seguimos hasta Colombia y parte de Venezuela. Después, por esas cosas del viaje, unos se vuelven, otros se enamoran, y otros seguimos. Con esa banda armamos un grupo de música rioplatense en el que tocábamos ocho. Siempre en la calle. Algunos eran músicos, otros éramos unos ladri que nos sumábamos con ideas. Hemos logrado cosas impensadas: desde recitales organizados por municipios, hasta casas en la playa para todos.
¿Cómo se llamaba esa banda?

El nombre cambiaba según la ciudad, según el momento: se ha llamado Ni llave ni llavero, De Tukardón, La galera movediza Sabe a Pampa. Una noche, en La Paz, habíamos laburado algo flojo y con hambre salí a caminar. En una peatonal vi un cartel que promocionaba a un bingo que recién abría, el karaoke pagaba 100 Bolivianos y me anoté. Terminamos tocando con otro amigo, que también cayó ahí, para todo el bingo. El presentador nos anunció como un dúo que venía desde la Argentina, y me pregunta: “¿Cómo se llaman, el dúo cuánto? y le digo, “Destino, el dúo destino”. Terminamos durmiendo con la panza llena.
Gracias a la música

En realidad en las ciudades que nos quedábamos más tiempo laburábamos de todo, yo coseché tomates, cuidé autos en Isla Margarita solo los domingos, metí a gringos en restaurantes, volanteé en bares, recité poesía y vendí textos en los colectivos y hasta le hacía los mandados al dueño de cualquier pensión con tal de no pagar. El tema es que cada país te da de permanencia tres meses. Para renovar tenés que gastar una plata que nunca teníamos. Y no queda otra que andar de ilegal, y fueron muchos los países en que anduvimos así. Hasta que un día nos deportaron. Siguiendo el rumbo desde Bolivia nos fuimos a los tres meses para Perú. Entramos por Chile, y después de hacer todo el Pacífico peruano seguimos para arriba más cerca del trópico, ya casi en el Ecuador.
¿En ese entonces ya escribías las crónicas de viaje?

Siempre estuvo la escritura. Iba haciendo un diario día a día. Y lo escribía de atrás para adelante, para que no se entienda por si lo llegaba a perder. Pero la verdad es que en ese momento ni se me ocurría editar un libro, escribía solo para mí, para acodarme de los lugares y las personas. El diario del día a día, después de tres cuadernos, terminó en anotaciones en una libreta.
¿Cuándo se te ocurrió escribir Tinta Sudaca?

El mambo arrancó en Mérida, en Venezuela. En la precordillera, casi en el límite del Mar Caribe. Ciudad de montaña, parábamos en una cooperativa chavista, atendida por un soldado de la Milicia Bolivariana. Ahí nos instruimos mucho. Cosechábamos caraota, haba, maíz. También había un taller de chapa y pintura, lijábamos, masillábamos. En esa comuna perdida en la montaña un día apareció un amigo con una netbook, y se me ocurrió empezar a pasar los cuadernos porque sabía que podía perderlos en cualquier momento.

Para ese entonces escribía crónicas de viaje para el diario digital de Junín Mundo Nuevo. Ya tenía un año y pico de viaje, y los chicos me decían que reúna los textos y los publique. Pero se los daba a leer a ellos, y veía que empezaban a leer y no los terminaban, ni yo los podía leer. Entonces entendí que eran largos y aburridos, y que estaban muy mal escritos. Los tenía que hacer más cortos. Un tiempito antes, en Maracaibo, conocí a una chica que me regaló el libro de Eduardo Galeano Días y noches de amor y guerra. Era un formato de textos cortos y autobiográficos. Así que empecé a recortar las historias, algo que se vuelve difícil, pero el periodismo te ayuda a simplificar y decir lo justo y necesario. Escribí miles de historias cortitas, de una carilla o menos, y los pibes las leían una tras otra y les gustaban. Por ahí va la cosa, dije. Empecé a seleccionar textos en la netbook, escribí en boceto la mitad del libro, porque iba la mitad del viaje, y me lo mandé al mail. La otra mitad del libro la escribí cuando volví.
Malditos hongos

En Mérida, Venezuela, nos intoxicamos comiendo hongos alucinógenos. Comimos los equivocados. Eran venenosos. Había un español, tres venezolanos y cuatro-cinco argentinos. En vez de empezar a alucinar empezamos a descomponernos, hasta que vomitamos sangre y se puso seria la cosa. Uno de los pibes de Chacabuco se daba por muerto, tirado en el piso, decía: “Yo no me quería morir”. Estábamos en el medio de la montaña y nos bajaron a la ciudad en una tolva donde llevaban chanchos. Nos dejaron en la puerta de un hospital y cuando la enfermera preguntó qué nos había pasado, uno de los pibes dijo: “Nos intoxicamos con arroz”. Era para cagarnos de risa, pero no podíamos. Al rato analizaron el hongo y el toxicólogo dijo que era una amanita quinto grado, y contenía cinco sustancias tóxicas, una de ellas te coagulaba el hígado.

Copamos la sala de guardia, teníamos una enfermera y una pasante para cada uno, y todo gratis, lo único que nos pidieron fue el nombre. Después de una noche entre el delirio, las sondas que iban de la nariz hasta el hígado y los gritos, nos curaron, nos mandaron a bañar y, nos dieron de comer. Antes de irnos, nos juntaron a todos y nos sacaron una foto.
¿Cuánto tiempo duró ese viaje?

La vuelta entera fue de dos años. Subimos por el Pacífico y bajamos por el corazón de Sudamérica. Por la selva amazónica, por adentro, desde el Caribe hasta la gran sabana venezolana. De ahí a la amazonía, que la cruzamos en barco durante ocho días. Hasta llegar a la selva de Bolivia, de ahí hasta el altiplano argentino y derechito al Once.
¿Qué te pasó cuando bajaste en Once?

Tuve una certeza: acá no voy a vivir. Llegué un viernes a las 6 de la tarde. Y después de tanta libertad caer ahí fue un gran choque.
Pero volvamos al viaje que recién vamos por la mitad. ¿Cómo es la geografía de Sudamérica?

El paisaje no cambia, los accidentes geográficos son los mismos en todo el continente. Hay un océano Pacífico, el Atlántico (más claro y más oscuro) una gran selva, y una cordillera, que es un cordón que atraviesa todo. Si no existiera la frontera (que en verdad no existe) se hablaría de un único lugar. Las fronteras son irrisorias, son una línea en la tierra que no existe, no está, figura solo en los mapas. Te dicen “pasamos del lado del Brasil” pero nada cambió. Desde el Caribe hasta Ushuaia hay una identidad que nos une.
Identidad

Es un libro de viaje, tranquilamente puede ser un anecdotario, pero hay un trasfondo que busca, o intenta al menos, revelar esa identidad latinoamericana. Algunas historias narran cosas personales, pero en su mayoría son protagonistas esa gente por la que dije que el viaje no hubiera sido posible. Los perdedores, como los llamó un amigo que quiso desprestigiar, sin saber que estaba elogiando.

Hay relatos de ese vaciamiento cultural, de esa lucha de los pueblos originarios para que aún no le quiten terrenos. De la ***** en las calles, la convivencia de religiones. Por ejemplo ver al Kolla hacer su ofrenda a la Pachamama, y cuando suena la campana meterse en la iglesia a rezar. En una comunidad de los Pemones de la Gran Sabana se juntan en la capilla a ofrendar a la tierra, eso sigue siendo muy loco. No son historias frívolas, es un libro que tiene un telón social, y que además es fácil de leer. Siempre me até a ese concepto poético de Roque Dalton, de que la poesía debe ser como el pan “de todos”.

¿Si el libro no se llamara “Tinta Sudaca” cómo se llamaría?

Y… se podría llamar Latinoamérica.
¿Y la gente cómo es?

Sin la gente no hubiera hecho el viaje, no estaríamos hablando. Nosotros vivíamos en la calle, íbamos al hostel, las casas o las pensiones solo a dormir. Y en la calle estás en contacto constante con los que menos tienen, con los laburantes, con el candor de los suburbios, los barrios bajos, las casitas de lata. Esa vida que arde y no te lo cuenta nadie.
¿Cómo te pegó esa experiencia?

Mucho y bien. Te puedo dar un ejemplo: estábamos en El Carmen, donde llevaron a los primeros esclavos negros del Perú a los campos de algodón. Un pueblo como Agustín Roca que fue el origen de la negritud afroperuana. En el medio de la nada (nada para mí) veo a una negra revolviendo una olla gigante, en esa soledad de la gente aislada, perdida, que está haciendo la historia de Latinoamérica. Yo la veía y decía esta mujer es un pedazo vivo de nuestra identidad, no hay nadie que sepa que esta mujer está acá con los pies hinchados revolviendo la olla. Yo le miraba los pies y ahí veía que estaba sucediendo la historia viva del continente. No en otras pavadas que nos quieren mostrar. La casa era una tapera que tenía chapas, dos perros y un par de trapos. Eso es invisible para el mundo.
¿En los otros países también?

Sí, en todos los lugares nos recibieron bien. En Venezuela, Brasil, Colombia, Perú… encontramos gente que nos abría las puertas de su casa, sin nada a cambio, y nos invitaban a comer. Un día tocamos en un restaurante carísimo de la zona alta de Cochabamba, y el dueño que era muy del palo nos invitó a comer. Imaginate que escondíamos las uñas para que no se nos viera la tierra.
No importa de dónde venís.

No importa si sos argentino o de donde seas. Lo que importa ante todo es el respeto. A vos te dicen que no vayas a Colombia que es peligroso, que está lleno de paramilitares, narcos, hay carteles, está la guerrilla. Pero la verdad es que si vas con respeto y no te metés en problemas, Colombia puede ser el mejor país del mundo. Hay además una manipulación del aparato ideológico que busca alejarnos de ciertos lugares peligrosos, solo porque ahí no llega el turismo, es decir que no hay riqueza material, y a ellos no les sirve, pero para nosotros, viajeros, es el motor principal. Porque la esencia de los pueblos no está en el folletín turístico. Nosotros entramos a Colombia caminando un domingo a las ocho de la noche, y sin un peso. Caminamos montaña arriba hasta el primer pueblo del sur del país, Ipiales. Llegamos a la plaza principal y ni bien sacamos los instrumentos se empezó a juntar gente, cada vez más. Hasta que en medio de un tema cayó la policía municipal a sacarnos y los mismos lugareños nos entraron a defender. Les decían a los policías: “Vayan a buscar a los criminales, estos chicos hacen arte”. Pasamos la gorra y nos fue muy bien. A la noche dormimos en un hotel y hasta miramos una película, hacía como un año que no veíamos televisión. Cuando terminamos de tocar, se acercó un hombre con su hijo y nos dio un billete: “Bienvenidos a Colombia, parcerito”, me dijo. Imaginate.
El lado Z del mundial

Al poco tiempo que volvió del gran viaje se fue a Brasil unos tres meses, con la idea de agregar al libro la experiencia de vivir el mundial pero fuera del circo mundialista: El lado Z del mundial, lo llamaba yo. Paramos en el Sambódromo de Río de Janeiro, donde se hace el carnaval, y hasta la final fue como una previa de un recital del Indio Solari que duró 15 días. La lacra más hermosa de la Argentina estaba acampando en un playón de cemento, como si estuviéramos en medio de la 9 de Julio. Todos los que trabajábamos en la calle vendiendo cerveza, llaveros, calcomanías, pintando banderitas a voluntad...

También alquilamos una casa en una favela de Paraty, donde había dos bandas criminales enfrentadas, mucha ***** y una violencia latente. Pero ellos nos respetaban, nos querían y formábamos parte del barrio. Se pasaban mensajes por barriletes, todos los días había ajustes de cuentas, y después de los tiros largaban atrás fuegos artificiales para caretear los disparos.

La segunda edición del libro tiene el agregado de textos que cuentan esta experiencia en Brasil.
Bienvenidos a Sudamérica

Claro. Porque esa gratitud es continental. En muchos países vi que la comida no le puede faltar a nadie. Eso de la soberanía alimentaria es cierto, el plato de comida no le falta a nadie. La gente es muy empática, caíamos a pueblos donde no había tránsito de turismo y el nos adoptaban. Cuando nos íbamos nos han despedido gente llorando, pidiendo que volvamos. Tengo imágenes de ojos de gente llorando apretándome la mano y pidiendo que vuelva. Y decís que vas a volver en unos meses, sabiendo que es muy difícil volver. Te vas hecho mierda. Por un lado lleno de amor, pero a la vez hecho mierda. Porque eso es el viaje, cambiar el chip todo el tiempo. Hay que seguir, sea situación buena o mala tenemos que seguir.
¿Dónde es que se han quedado más tiempo?

En Cartagena, Mérida, Isla Margarita. Había lugares que te pegaban más fuerte y decías me quedaría viviendo acá. El de Chacabuco que arrancó conmigo el viaje se enganchó con una venezolana y se quedó en Venezuela. Yo seguí con otros parceros que hoy son mis hermanos.
En la calle te encontrabas con gente que está en la misma que vos.

Sí. Hay un contacto permanente y una gran empatía, hemos convivido con malandros o criminales, pibes de la calle, oportunistas, y verdaderos laburantes. Los pescadores, por ejemplo, son gente que también día a día van haciendo la historia. En la playa donde no manda el turismo, se vive de la pesca. Íbamos a beber a las chicherías, o a los tugurios donde descamaban y bailaban salsa.
¿En cuántos transportes viajaron?

En moto, lancha, mototaxi, barco, ferry, camioneta, camiones de maíz, vacas, cerveza, de lo que se te ocurra. Menos avión, todo. Hasta en la baulera de un colectivo. En Brasil nos llevó 800 kilómetros un camionero desde frontera con Venezuela hasta Manaos a cinco viajeros, dentro de una Trafic. Era un camión que llevaba autos. Ahí también está esa magia del camino. Porque estuvimos dos días haciendo dedo en una estación de servicio en Boa Vista y nos decían que nadie nos iba a llevar. Y mirá como viajamos, teníamos una fila de asientos para cada uno en un camión y adentro de una Trafic.
¿Cómo es eso de la baulera del colectivo?

Nos faltaban cinco Soles a cada uno para el pasaje y el colectivo venía lleno, le preguntamos al chofer si nos llevaba igual y me dice: “Les faltan 15 pesos, quédense tranquilos que viajan en el camarote”. Estábamos contentos, aunque nos parecía raro. Empezó a subir la gente y nosotros ahí parados, hasta que el tipo mira la baulera y nos dice: “Allí viajan ustedes, suban”. Era en Perú, desde el centro queríamos llegar a Máncora, una de las primeras playas subtropicales, y nos subimos. Nos acomodamos, estaba la luz prendida y la puerta abierta. Cuando la cerraron y se apagó la luz me empecé a comer la cabeza, pero uno de mis amigos ya estaba roncando. Se movió el colectivo y ya fue, me tiré y me acomodé al lado de una hendija por donde entraba algo de aire, y me dormí.
Decís que la geografía es una sola. ¿La gente también?

Nosotros acarreamos más de 500 años de historia donde vivimos todos lo mismo. La colonización española y portuguesa, la inquisición y el saqueo a ranqueles, aymaras, mapuches, mayas, incas desde la Patagonia hasta México... También compartimos a tipos como San Martín, Bolívar, Sucre o Artigas que liberaron a los pueblos, que con el tiempo perdieron su libertad por los golpes de estado amparados por Estados Unidos. Esas cosas nos igualan, y de ahí nace ese espíritu rebelde y esa cultura tan fuerte, ligada a nuestra identidad mestiza. Si no vez la línea divisoria en los países, tampoco la ves en las personas.
¿Qué es lo que diferencia?

Lo que nos diferencia es lo que se llama progreso en cada país, pero hay que ver a qué se llama progreso. En general está atado al desarrollo económico como lo entiende el capitalismo. Muchas veces te dicen “¿viste la pobreza que hay en Bolivia?” Tal vez sea pobreza para vos, que necesitás sólo dinero en los bolsillos. Al boliviano se lo ve curtido de laburar horas bajo el sol del altiplano y el frío de la altura, ves a su mujer cargando al hijo y un montón de ramas con un aguayo en la espalda, y pensás: “No tienen nada”. Pero vas a la casa y te das cuenta que ellos lo que tienen es todo, y es lo necesario. Si a ese tipo le llevás un auto último modelo no le sirve. Suena como frase hecha, pero es así: es más rico el que menos necesita que el que más acumula para sentirse bien.
Son más libres.

Sí, son más libres porque no están atados a nada. No necesitan más que lo que tienen. Su terrenito para sembrar su yuca, su papa, sus batatitas. Un par de llamas o alpacas que le den el cuero y la leche, y ya está. Obvio que dentro de algunas comunas o pueblos más desarrollados, hay ciertas luchas de clases, pero eso tiene que ver con la influencia occidental o de una cultura que no los representa.
¿Y tu vínculo con la libertad?

La libertad se va asimilando. Algo tiene que ver con la conexión con el paisaje también, esa extraña conexión energética. Cuando pasaste un largo rato sentado, flasheando con un valle o frente al mar, te cae la ficha de otro concepto de la libertad. Desprenderte de un montón de cosas, esas necesidades innecesarias. Y a su vez te vas aferrando a otras, que son más simples. Ahí te das cuenta de donde estás, de lo cerca y lo lejos que estás parado. Yo estuve dos años y pico muy desconectado, íbamos a Internet muy cada tanto, no veíamos televisión ni leíamos diarios. Por eso digo que viajar es una buena forma para estar cerca de a gente pero lejos del mundo. A veces no sabíamos si era lunes, martes o jueves. No importaba.
¿De qué te desprendiste?

De lo primero que me desprendí fue de un vaso de acero en Cafayate… de cosas materiales, como ropa, sogas… y empecé a tener lo primordial: tres o cuatro prendas de vestir, un cuaderno, y libros que iba acumulando. Cuando te desprendés de lo material, es porque antes hubo cierto quiebre espiritual. Entra a jugar el lado sensible y hasta cambian los conceptos de las palabras. La libertad, el progreso, todo tiene otro sentido.
¿Y cuándo pensaste en pegar la vuelta?

Cuando estábamos en Isla Margarita, llevábamos casi tres meses en la isla, y un día estaba sentado frente al mar y me dije “a fin de año quiero estar en mi casa”. Ya tenía el proyecto del libro en mente. Además estaba algo cansado de andar con lo justo, de remarla tanto. Te cansás, el viaje te fatiga también, por eso al final colgábamos bocha en las ciudades. Quería editar el libro, sacar una revista. Pensaba que tenía que volcar todo lo vivido, canalizarlo de la mejor forma, porque si no iba a estar un par de meses en Junín y me iba a querer tomar el palo, como le pasó a muchos amigos.
En Junín

Desde que volvió a Junín definitivamente empezó a hacer lo suyo en distintos frentes. Trabaja como locutor en UNNOBA Radio, es cooeditor junto a Héctor Pellizzi del diario mensual “Imagen Deportiva”, colabora como periodista en el libro “El Riva y Yo” sobre los 100 años del Club Rivadavia, es parte del Staff organizador de Al Patio, espacio cultural que promueve el arte de Junín y la zona, y participa en revistas literarias digitales.
Guerreros del Caribe
¿Cómo fue la vuelta?

Me había ido de Junín a los 17 y volví a vivir diez años después. Muchos te dicen que Junín es una palma, que no pasa nada. Pero si tenés cosas para hacer y amigos Junín tiene tranquilidad y el mejor asado del mundo.

La comodidad está en uno, podés estar de fiesta acá o en Cartagena. O podés estar para la mierda cualquiera de los dos lugares. No hay mucha vuelta

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